Liebre

Cuando anochece, el paisaje se transforma. El horizonte se torna azul, la luna en cuarto menguante brilla, las ramas de los árboles dibujan rostros grotescos. El niño que reía mientras sostenía en sus manos un ramo de lirios, solloza. ‘¿Dónde está mamá?’, piensa. ‘¡Venid a buscarme!’, le grita a la noche, pero de la noche no obtiene más respuesta que el movimiento leve las hojas de los árboles al ser mecidas por la brisa fresca. El niño corre sin rumbo, con las mejillas mojadas. De repente, tropieza con una raíz y el tobillo se le tuerce; no puede levantarse. El dolor y el miedo le nublan el pensamiento y le hacen tiritar. ‘Me voy al cielo con la abuela’. Es entonces cuando aparecen las orejas largas, el pelaje suave, los ojos tiernos que observan la desesperación del pequeño. El cuerpo flexible que salta, salta, salta hasta acurrucarse en el regazo del niño. Entonces, la calma. La mano pequeña y blanca que acaricia a la liebre. El llanto interrumpido, el miedo espantado. El susurro: ‘Quédate y no te vayas, por favor, no te vayas’.

3 comentarios

Marion dijo...

Me gusta el aura tenebrosa del cuento, que acabe en una nota de dulzura inesperada. Dile que sea fuerte de mi parte, que se esconda si oye a los lobos.

¡Beso!

Sab Sognatore dijo...

Me ha llegado la paz que ha traído consigo la libre, he notado la pequeña mano suave e inocente del niño acariciando despacio el pelaje limpio.

Sigues, sigue, transmitiendo tanto en lo que para los que nos encanta leerte, es tan poco.

Un abrazo,
S.

Antártida dijo...

Ha sido tan adorable que me ha sabido a poco, poquísimo. Tus cuentos son una maravilla. He dicho.

(abrazo de oso)

© Arrecife
Maira Gall